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El día que me libre de engancharme al Lexatin

 

Hace 5 años estaba en los albores de mi servicio-negocio online. Empezando a lanzar mis propuestas al mundo, contactando con otros profesionales, haciendo propuestas, montando una web profesional (intentándolo, al menos)…y con 3 hijos. Uno de ellos de 10 meses de edad. Con las consiguientes tetadas nocturnas (ergo pocas horas de sueño), idas y venidas al cole, al pediatra, a las clases de circo de las niñas, al parque…

Nada que no hagan cientos de millones de padres y madres en todo el mundo. Al menos, los que viven tan acelerados como vivía yo en aquel momento.

¿Sabes lo mejor de todo? Que a mí no me lo parecía en absoluto. Entusiasmada por mis proyectos laborales y con mis 3 churumbeles, que son mi orgullo y mi ocupación número 1, creía que podía con todo. Estaba ENGANCHADA a la velocidad vital que había ESCOGIDO. Por supuesto que había ratos un poco más complicados. Pero estaba flipada con mi actividad, pensando casi todo el tiempo en el siguiente paso. Con una ansiedad de caballo. Enganchada.

Y entonces llegó el aviso. Una noche, después de estar media hora acostada y ya semidormida, mi corazón empezó a latir desbocado. 125 pulsaciones por minuto de golpe y porrazo. Los latidos me golpeaban el pecho y me zumbaban los oídos. A oscuras, en silencio, creí que mi corazón no resistiría. Y desperté a mi marido pensando en darle instrucciones por si se me paraba el corazón antes de que llegase la ambulancia. Para cuando llegaron a casa, unos 15 o 20 minutos más tarde, el ritmo cardíaco había bajado bastante. Aún así me llevaron al hospital y estuve en urgencias hasta las 4 de la mañana, en observación.

Llegó el diagnóstico, uno que yo no esperaba: crisis de ansiedad. Estaba perpleja ¿ansiedad yo? ¡Pero si me encontraba fenomenal, animada, impulsada, ocupada! Durante dos meses me negué a creer ese diagnóstico. Incluso estuve en la consulta del cardiólogo. Me dijo que todo estaba bien. Y que para reducir la ansiedad podía tomarme un Lexatin. Mi sorpresa fue mayúscula. Y mi mente rechazó en el primer segundo la idea de tomar un ansiolítico. Me pareció más lógico indagar en las causas de la supuesta (para mí lo seguía siendo) ansiedad y actuar ahí, que tratar de taparlas con pastillas.

Pero yo no estaba convencida y seguía trabajando mucho y cuidando a los niños en horario extendido, nocturno y más…hasta que se repitió la misma situación. Una taquicardia nocturna de proporciones parecidas. Esta vez no llamé a la ambulancia. Pero no tuve más remedio que rendirme a la evidencia. Crisis de ansiedad.

Mi cuerpo me estaba avisando. Y decidí escucharlo, por fin.

Desde entonces ha llovido bastante. Y los cambios no han venido rápidos y con facilidad porque dejar hábitos y creencias requiere estar dispuesto a moverse de lugar vital. Cambiar ideas tales como “puedo con todo” “las madres siempre estamos ocupadas” o “no tengo tiempo para descansar”.

Ha sido duro. Porque mi deseo de alcanzar ciertos objetivos y la actitud que veo en tantos adultos que me rodean, emprendedores, madres es justo la misma que me llevó al hospital una noche a las 00.30. Tuve que elegir entre mi persona y lo que se supone que tenía que hacer teniendo un emprendimiento y una familia. Entre mi salud y un estilo de vida aplaudido y victimizante (y el victimismo es realmente adictivo).

Pero el nivel de gestión vital que he alcanzado no lo cambio por nada. Ahora soy adicta, sí, a la calma, a la salud, a las relaciones profundas que necesitan de miradas y tiempo. Y contrariamente a lo que yo creía, mi negocio funciona mucho mejor. Hay épocas de mayor trabajo y ahí me organizo para llegar a lo que es realmente importante. Pero no permito que esas etapas absorban todo mi tiempo. Y sobre todo,  no permito que absorban toda mi energía ni mis pensamientos. Y si no llego a tiempo de pasar la aspiradora o el tendal queda puesto dos días más, no pasa nada.

Por eso en esta casa ocurren cosas como que mis hijos no se duchan todos los días; que en alguna ocasión hemos tenido que usar la ropa interior del día antes porque ¡oh sorpresa!, no quedaban brags limpias en el cajón. Y a veces hay más pelusas de las deseables bajo la cama. O bien aplazo el coaching con un cliente porque meter más actividades en esa semana supone hacer encaje de bolillos con los horarios.

Ahora tengo muy claro cuál es mi límite. Y cambio esta paz por nada. Creo que mis hijos tampoco.


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