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Menos represión, más aceptación

Nuestro papel en el sano desarrollo emocional de los niños es fundamental, ellos nos toman como ejemplo: todos conocemos la frase “este niño es como yo”. Para bien y para mal el modo en que reaccionamos les sirve de guía para su propia vida. Aprenden a gestionar y expresar lo que sienten en función de lo que ven en sus progenitores y educadores.

Como hijos que fuimos tenemos unos hábitos adquiridos a la hora de acompañar a los niños, especialmente en el caso de emociones “negativas” como la tristeza y la ira. Estos hábitos vienen de nuestro entorno, de los mensajes que recibimos en nuestra infancia, de la frustración que causa en nosotros el creer que determinadas emociones no son buenas porque expresan debilidad o incapacidad por parte de los niños. Quizá no te has parado a pensar en la fuerza y la capacidad de penetración que tienen tus palabras. Mira a ver si te suenan estas respuestas:

  1. Minimizamos su emoción “tampoco es para tanto”
  2. Tratamos de evitarles sufrimiento negando lo que sienten “no pasa nada”
  3. Los corregimos en sus reacciones “no llores”
  4. Nos expresamos en 3ª persona cuando hablamos de nosotros y nuestros sentimientos “es como cuando alguien te insulta y te enfadas mucho”
  5. Echamos la culpa a los niños de cómo nos sentimos “ya me has hecho enfadar”, cuando las emociones que sentimos son exclusivamente nuestras y la habilidad para cambiarlas nos corresponde a nosotros
  6. Apenas les contamos lo que nos ocurre durante el día, cómo nos sentimos, lo que nos gusta de la vida en común con ellos…
  7. Les asediamos a preguntas que convierten los reencuentros en momentos incómodos para los niños y frustrantes para los padres “¿qué tal en el cole? ¿te preguntaron las tablas? ¿comiste bien? ¿has pasado frío en el recreo? ¿por qué vienes tan sucio? ¿por qué no has hecho las tareas?”
  8. Nos asustan ciertas emociones y las censuramos, con lo cual las reprimirán, pero eso no evitará que sigan sintiéndolas “deja de gritar como un loco”
  9. Comparamos unos niños (hermanos o compañeros) con otros “mira, él no lloriquea”
  10. Nos burlamos o los criticamos cuando manifiestan determinados sentimientos “¿y eso te da miedo?” “yo no era tan especialita cuando tenía tu edad”

Para comenzar a transformar el mensaje que les enviamos sobre sus sentimientos puedes hacerlo siguiente:

  1. Nombrar: “Pareces muy enfadado”
  2. Empatizar: “Caerse de la bici puede doler mucho ¿cómo estás?”
  3. Ofrecer ayuda: “¿Puedo ayudarte para que te sientas mejor?”
  4. Cubrir su necesidad o invitar a que la resuelvan : “¿Quieres un abrazo?” “Si necesitas desahogarte, puedes dar golpes a estos cojines, a mí me ayuda mucho cuando estoy muy, muy enfadado”
  5. Mostrar nuestros sentimientos: “Estoy muy contento, lo he pasado muy bien organizando este juego con vosotros”

Empieza a revisar qué es lo que dices y haces ante la expresión de las emociones de tus hijos. Si te has sentido reflejado en alguno de los puntos anteriores ya tienes tarea para este fin de semana 😉


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