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¿Qué es el tiempo de calidad?

Encontrar tiempo real en las 24 horas que tiene un día para dar a un hijo (sobre todo si tenemos más de uno), un rato en exclusiva con mamá o papá, puede ser más complejo que citarnos con un alto ejecutivo.

Casi siempre estamos atendiendo a nuestros hijos (uno, dos o tres…) y también vigilamos el guiso, tendemos la ropa, escribimos un artículo, sujetamos la correa del perro, leemos una novela entre “mamá, mira” y “papá, veeeeen” y tratamos de mantenernos a flote, con disponibilidad y una sonrisa, permaneciendo atentos y tratando de que el niño se sienta querido y escuchado, sin perder la paciencia. Muchas veces sacando fuerzas de no sabemos dónde, aunque estemos agotados, para mantenernos a su lado con la voz contenida y acompañarles mientras se lavan los dientes, meriendan o pintan un mandala.

Los niños no se sienten queridos y escuchados por estar al mismo tiempo que nosotros en casa, o cuando les contestamos de una habitación a otra o les felicitamos por su dibujo sin mirarles a los ojos. Necesitan nuestra atención real, es decir, la que supone abandonar tareas manuales y mentales para poder escuchar con los oídos, los ojos y el cuerpo. Todos somos capaces de percibir cuándo una persona nos escucha y cuándo trata de ser amable para que no nos ofendamos ni nos sintamos ninguneados. Y el esfuerzo se agradece. Como lo agradecen los niños, que tienen una enorme paciencia. Su nivel de comprensión y empatía con nosotros (¡sí, son empáticos!) es tan grande como su cariño y devoción por papá y mamá. Hasta que la NECESIDAD supera su deseo de no defraudarnos o causarnos molestias.

Gran parte de las negativas, respuestas fuera de lugar, exigencias y protestas de los niños están relacionados con una falta de mirada real y una atención completa. Aquí no hay recetas que valgan: 30 minutos, 2 horas o un día completo. Depende de la edad, de su momento emocional, de las circunstancias en las que viva fuera del hogar: escuela, familia extensa, vecinos, amigos… Y depende de su carácter, no es extraño que unos niños reclamen con fuerza y otros se adapten y callen para no causarnos conflicto. Si les hemos acompañado de forma consciente sabremos cuándo hay silencios y conductas que están pidiendo a gritos tiempo de calidad con nosotros.

Ocurre algo maravilloso cuando estamos con un niño y no hay nada más en ese momento que interrumpa nuestro encuentro. De repente el rol de padre o madre se diluye, porque ya no somos esos progenitores super-eficaces que ponen pañales mientras arreglan un grifo. Sólo estamos el niño y yo. Dos personas unidas por lazos profundos. Sin etiquetas. Ambos podemos recibir lo que el otro nos envía, mirar a sus ojos y escuchar de verdad. Casi siempre tenemos conversaciones sorprendentes en esos momentos especiales, charlas que no se producen en ningún otro tiempo o espacio que compartimos como familia. Descubrimos facetas del niño que nos llenan de orgullo y emoción. Y él puede SENTIRSE VISTO más allá de su rango dentro de la casa, de su edad o de su papel en la familia.

Cuantas más ocasiones tengamos para vivir esta experiencia con encuentros en exclusiva de tú a tú, mayores serán el respeto, la admiración y el amor que sostendrán nuestra relación.

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