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La cosificación de los niños

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“Quiero tener un bebé, son tan adorables…” Seguro que has escuchado (o dicho) estas palabras. Y charlando ayer al respecto de esto pensé en cómo cosificamos a los niños, empezando por algo tan importante como la decisión de concebir una vida.

“Esto es buscar tres pies al gato” puede que pienses. Pero por mi experiencia personal, familiar y profesional puedo decir que resulta habitual y común volcar sobre los niños los deseos y frustraciones personales del pasado o el presente. Y esta trampa en la que caemos con facilidad está detrás de muchas de las insatisfacciones y la ansiedad que nos provocan las relaciones con los hijos.

¿Cómo empieza todo?

Con un deseo legítimo (porque los deseos, aunque no siempre realizables son legítimos porque son los tuyos) de sentir en los brazos a una pequeña vida, tierna, semejante a la nuestra, desvalida, que podemos proteger y cuidar, también traer y llevar a nuestra conveniencia porque es totalmente dependiente… y que dura apenas unos meses. Porque con un año un bebé ya no es así: se enfada, deambula por la casa, abre puertas y cajones, se niega a comer lo que no le gusta… ya no es el bebé suave y perfecto sino el exigente y poco conciliador niño que se ha transformado ante nuestros ojos en un suspiro. Y la frustración por la pérdida de lo que habíamos imaginado que sería nuestro hijo puede ser temporal mientras lo digerimos, o podemos atascarnos en ese “quiero y no puedo” que es la crianza. Los niños, afortunadamente, suelen tener claro lo que quieren y necesitan. Mucho más de lo que en ocasiones nos gustaría.

Así que cada llanto lo atribuimos a un carácter exigente… Cada negativa es un desafío a nuestra autoridad… Cada “trastada” es una desobediencia con intención de molestarnos…

¿Cómo leer estos sentimientos?

Yo soy único, tengo sentimientos y necesidades. Todo ello es legítimo. Lo que no es positivo para un niño es que sea mi objeto de deseo, un vehículo para que me sienta más pleno, para ejercer control sobre alguien, para cubrir un vacío afectivo.

Si la crianza de los hijos está llena de insatisfacción, podemos mirar dentro de nosotros: qué necesitamos que no estamos atendiendo y qué tratamos de llenar de formas sustitutivas a través de ellos.

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