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¿Por qué los niños no me escuchan?

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¡A cenaaaaaaar! ¡Ponte el pijama! ¡Lávate los dientes! ¡Guarda los zapatos! ¡Recoge tus juguetes! ¡Los deberes! ¡Deja en paz a tu hermano! ¡Apaga la luz! ¡Sal de la bañera!

Seguro que te suenan estas y otras órdenes que a menudo das a tus hijos, aunque seguramente tú las llames sugerencias o te parezcan normas fundamentales de convivencia e higiene. Y efectivamente lo son.

Es un motivo de frustración y enfado frecuente el dirigirnos a los niños y no obtener respuesta. Para entender este fenómeno sería bueno cambiar de perspectiva, perder unos cuantos centímetros y darnos cuenta de la cantidad de mensajes que recibe un niño a diario y los horarios y normas que cumple:

  • la hora de levantarse
  • la hora de acostarse
  • lo que come a diario
  • a dónde va con su familia
  • cuánto tiempo puede dedicar a jugar
  • cuándo puede ir al cuarto de baño (en el colegio)
  • qué actividades tiene que hacer (extraescolares, p.ej.)
  • a qué toca jugar (los rincones de las aulas)
  • qué tiene que aprender y estudiar

Es común que a partir de la hora de la merienda los niños empiecen a manifestarse más “rebeldes” a la hora de hacer caso a los requerimientos de los adultos o que incluso dejen de contestar y hablarnos. La razón es sencilla: su capacidad de recibir órdenes ha llegado al límite.

Seguro que muchos en este punto nos sentimos ninguneados por los niños y comenzamos a tomárnoslo como algo personal, como una falta de respeto. Que nos hagan “vacío” es realmente irritante. Cuando esto ocurra es momento de revisar cómo es el día de ese niño y, sobre todo, hablar con él (cuando esté dispuesto a hacerlo).

En este punto la empatía también es importante: ¿cuántas veces has tenido la necesidad de estar a solas, de no escuchar a nadie a tu alrededor? ¿cuántas veces te has irritado por una simple pregunta de un niño o una petición de otra persona? Entonces no te será tan difícil comprender que ese niño necesite un poco de silencio, soledad o sencillamente un rato para hacer lo que le apetece.

Ya no te oye

Has repetido su nombre tantas veces desde el día en que nació que tu voz se ha convertido en parte del ruido habitual que lo rodea. En general abusamos hablando “a los niños” y desaprovechamos las ocasiones de hablar “con los niños”.

Si te diriges a ellos para recordarles lo que tienen que hacer, para llamarles la atención por no cumplir sus obligaciones o para que acuden a comer y cenar, la comunicación está descompensada. Revisa el día de ayer ¿de qué hablásteis? ¿le contaste cómo te habías sentido, qué habías hecho? ¿tuvo que escuchar muchos “sermones” o hablásteis de cosas que a él también le interesan?

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COMUNIC-ACCIÓN (5)

No controlas el contexto

El cansancio, los hábitos, la urgencia de cumplir con los horarios, nos llevan a menudo a hablar a los niños desde la distancia, ya sea de una habitación a otra o levantando la voz, pero sin mirar a quién nos dirigimos o cuándo la persona está ocupada en otra cosa.

¡Hijo, prepara la ropa para mañana! ¡La cena está lista!… y repetimos y repetimos hasta que de pura frustración damos un grito o entramos en tromba en el cuarto de los niños regañando y dando voces, mientras ellos nos miran asustados.

Asegurarse de que el oyente realmente recibe el mensaje es algo inteligente que requiere un poco de esfuerzo:

  • acercarte y ponerte a su lado
  • mirarlo a los ojos
  • tocarle el brazo o la cabeza con suavidad
  • preguntar si nos han entendido

No es raro que un niño que lee, juega o ve la televisión esté tan concentrado que no tenga capacidad para salir de ese estado y atendernos. Las expectativas que tenemos sobre cuántas veces tenemos que repetir los mensajes y de qué tipo tienen que ser no responden a la realidad y eso convierte situaciones cotidianas en motivo de queja y reproches.

Recuerda que un “la cena está lista, ¿quién se apunta a unas deliciosas croquetas?” es preferible al impersonal “¡A cenar!”

Te copian

Si te molesta que un niño diga “ahora voy” y tarde diez minutos en moverse revisa qué es lo que haces tú: los “espera un momento” “enseguida voy” “un minuto” ¿los reproduces a lo largo de la jornada muchas veces? En ocasiones no podemos atender inmediatamente la petición de un niño, así que es preferible ser sincero que tratar de calmar su urgencia con una promesa falsa “estoy terminando de ducharme, cuando acabe podremos sentarnos a leer ese cuento”, mejor que algo tan general como “enseguida salgo”.

Porque todas las promesas no cumplidas y sus esperas eternas serán las que recibamos cuando solicitemos a ese niño un poco de atención y escucha. ¡Dale la vuelta!

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