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Aprender a hablar bien a los niños o cómo potenciar su identidad

Ayer mi hija de 7 años llegó muy contenta del colegio, porque en una prueba de matemáticas que habían hecho en clase lo hizo perfecto. “Te veo muy contenta ¿es así?” le dije. “Sí, mamá” y una sonrisa en su cara. Entonces apostillé “Puedes estar muy orgullosa. Yo también lo estoy. Recuerda que te pongan un 10 o te pongan un 0 te queremos igual” “Ya lo sé, mamá”. Y un fuerte abrazo entre ambas.

Entonces ella me dice con voz de sorpresa “Mamá, hay  niños de mi clase que si sacan un 4, sus padres les dicen que muy mal. ¡Pero si las notas no son lo más importante!”

Esta conversación me afirma una vez más en la importancia de los mensajes que transmitimos a los niños: desde que nacen les damos nuestro amor y también nuestras expectativas “serías perfecto si no llorases tanto por la noche” “serías perfecto si no te enfadaras por tonterías” “serías perfecto si recogieras tus juguetes a la primera” “serías perfecto si sacaras buenas notas”…

Y después llegan más presiones de todo tipo.

Queramos o no los niños se fijan en nosotros, en lo que decimos y en lo que sentimos, para encontrar su lugar en el mundo y su identidad, se amoldan a nuestras exigencias para sentirse queridos y se sienten culpables cuando no lo hacen. Por eso que mi hija tenga tan claro que para nosotros su persona está por encima de resultados académicos es fundamental.

Hay una razón importante para que ella tenga la seguridad de que no tiene que esforzarse para contentar a sus padres: que nosotros también lo sentimos así. Hay una coherencia fundamental entre lo que le decimos y lo que sentimos. El cerebro está preparado para percibir cómo se siente nuestro interlocutor a través de la comunicación no verbal, es decir, más allá de las palabras que pronunciamos. Cuando me siento decepcionada ella lo percibe a través de las señales que envía mi cuerpo.

Claro que no obvio el poder de las palabras que digo: su identidad se desarrolla a partir de los mensajes que transmitimos las personas de referencia, sus padres. Y hay tres aspectos que definen nuestro estilo comunicativo y con efectos reales en la autoestima y la identidad de cada niño:

¿Cómo estoy de empatía?

La empatía es la capacidad de comprender mis emociones y las de las otras personas. Esto se traduce en que valoro lo que los niños me dicen y respeto la importancia que tiene para ellos, tanto si se trata de experiencias, como de opiniones, deseos, necesidades o emociones. Todas aquellas palabras que los minimizan (“no es para tanto”, “la culpa es tuya”, “lloras por todo”, “qué tonterías dices”) reflejan falta de empatía y consiguen sembrar desconfianza en la relación mutua y baja autoestima en ellos. Consiguen poner etiquetas que terminan por cumplirse, precisamente porque los niños creen en los que les decimos.

¿Cuál es mi nivel de escucha?

La escucha activa fue una gran aportación a nivel teórico, ya que desarrolló una serie de herramientas para que la comunicación pueda definirse como tal, es decir, que no basta con decir que oímos o escuchamos. Han de cumplirse una serie de parámetros. El principal es que en el acto comunicativo, las personas se sientas escuchadas y cada una capte realmente lo que el otro transmite. Para eso es necesario una actitud interior y una actitud visible. Básicamente es el interés personal por el otro y el respeto a su persona lo que me predispone a recibir los mensajes de los niños. Y acompañando a esto se encuentran las señales que envío (tanto a nivel consciente como subconsciente) de que realmente tengo interés y deseos de comunicarme, visibles por la postura del cuerpo, el tono de voz, la mirada y los gestos.

Actitudes como mirar el móvil o escribir en la pizara mientras un niño trata de decirte algo desalientan y transmiten falta de interés real. Y así la comunicación es defectuosa o literamente no llega a producirse y el niño se queda con la sensación de que no importa lo que tenga que decir, que no es importante su persona para nosotros.

¿Qué hago para resolver los conflictos?

Hay diversidad de actitudes en este área con un abanico muy amplio de respuesta en función de la relación que tenemos con los niños y lo que pensamos que “tienen que hacer”. Quizá piensas que los niños necesitan nuestra guía y somos nosotros los que sabemos qué les conviene, o te gustaría dialogar un poco más pero en realidad esperas convencerles de tu punto de vista, a lo mejor no te gusta discutir y entonces en momentos de mucha tensión cedes a cuaquier petición…

La imagen que tú tienes de tu rol como padre o educador tiene mucho que ver en tu forma de vivir los conflictos, y está detrás de tus reacciones. Es importante que comprendas que si tienes miedo de perder la “autoridad” o evitas a toda costa el conflicto, la resolución no será real.


Si necesitas abandonar ya las amenazas, gritos y castigos para establecer disciplina, y sentirte orgulloso de la relación con tus hijos, únete al programa COMUNIC-ACCIÓN-Desarrollo de la identidad y relaciones saludables con la comunicación positiva, comenzamos el 27 de Junio, límite de 10 plazas

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Silvia - Muchas gracias por tus artículos, siempre tan enriquecedores. El tema de la comunicación es muy importante, que exista una congruencia entre lo que decimos, hacemos y sentimos es fundamental para que nuestros hijos vivan también congruencia.
Yo con Clara estoy con el tema de las rabietas y me doy cuenta de que con una comunicación calmada consigo más que con gritos. Saludos.

P.D. Me gustaría apuntarme al seminario aunque a esa hora me viene mal y prefiero que mi plaza la ocupe otro que esté seguro de que va a poder asistir. Si la grabas, ya la escucharé. Un saludo afectuoso.

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