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Los castigos funcionan

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Así de claro. Y asevero esto sabiendo la cantidad de  libros y manuales de educación y crianza que explican cómo usarlos, programarlos y respetarlos, incluso castigos físicos. Aunque me resultaba difícil de creer encontré más de una publicación explicando que si no hay más remedio, el castigo físico (la bofetada, el azote o la versión que cada quien quiera imaginar) requiere unas características para ser efectivo.

Porque este es el quid de la cuestión: los castigos funcionan. Lo que no está claro es si todos somos conscientes de a qué precio lo hacen. Las técnicas de modificación de conducta y control del comportamiento son tan atractivas por varias razones:

  • tienen unas características “científicas”
  • siguen un patrón fijo (al menos en la teoría) fácil de llevar a cabo sin temor a equivocarnos
  • obtienen resultados inmediatos
  • resultan familiares para muchos padres, puesto que los vivieron en su infancia

Uno de los razonamientos más extendido de quienes defienden esta forma de educar es “a mí me castigaron y no he salido tan mal”. Y esta frase ya es en sí misma revelación de un efecto nefasto de los castigos: la dificultad para confiar en los niños. Un menor que es castigado sistemáticamente puede llegar a desarrollar la creencia y el concepto sobre sí de que es merecedor de dicho castigo, algo que se puede mantener durante muchos años en la vida. Y que termina proyectándose en la educación de los propios hijos o alumnos.

Pero es también una mentira o una justificación para no afrontar un hecho doloroso: quienes más nos querían, los adultos con quienes pasamos miles de horas en casa y en clase, quienes nos cuidaron con su mejor empeño, cometieron errores y nos hicieron daño. Y así repetimos en un ciclo sin fin una relación cargada de sospecha y agresividad, cuando lo que estamos deseando es disfrutar con lo niños, dar y recibir amor.

Si escarbamos un poco y ponemos la mente y el corazón en nuestros 5, 9 o 14 años cuando éramos castigados, nos resulta relativamente fácil recordar la humillación, la rabia de sentirnos tratados de forma injusta, la impotencia por no poder replicar y defendernos. Y sobre todo el miedo, ese que aparecía cuando cometíamos una falta y sabíamos que seríamos sancionados sí o sí. Cuando pensábamos que éramos malos y merecedores de sanción pero tratábamos de ocultarlo para evitar las consecuencias.

Los castigos tienen efectos negativos en los niños, principalmente en el concepto que desarrollan sobre sí mismos y en su capacidad para decidir en libertad durante la infancia y también en la adultez: y tienen efectos negativos en la relación que establecemos con ellos, ya que ésta se transforma en una lucha de poder, secretos y mentiras, rabia y culpa.

Si en algún momento tenemos dudas solo hemos de hacer una cosa: mirar a los ojos a esos niños cuando los amenazamos o sometemos a castigo. Veremos en ellos reflejados las mismas emociones y sentimientos que tenemos guardados desde nuestra infancia. ¿Es ese el legado que queremos dejarles?

 

 

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susana - No creo en el castigo en la infancia( mucho menos en el castigo físico,en la pérdida de control del adulto cuando grita ,entendiendo que todos nos equivocamos y podemos gritar y pedir perdón después ). Creo más en el refuerzo positivo. Pero también es cierto que los niños necesitan para su equilibrio tener límites claros y definidos y saber que sucede cuando los exceden. Aprender las consecuencias,aprender a frustrarse. No castigar. Pero tampoco que no pase nada. Porque entonces se corre el grave riesgo de desorientarse y llegan a la adolescencia con ideas y expectativas no reales.
Dónde ponemos los límites entonces? Cómo hacerlo? Qué hacemos? Tienen respuestas estas preguntas?

Mª Pilar - Susana, has expresado en unas líneas las preocupaciones más comunes de muchos padres: cómo conseguir transmitir límites y normas de convivencia sin necesidad de acudir a la agresión verbal o física. Sin embargo creo que de hecho actuamos mucho más por miedo a que no aprendan todo eso que en respuesta a sus equivocaciones o transgresiones. Nos repetimos que tienen que aprender a frustrarse y las consecuencias de sus actos, mientras evitamos que las asuman de verdad. Respuestas certeras para todo el mundo no existen. Porque depende de cada familia, cada niño, los valores que queramos transmitir y las metas que nos fijemos como padres. Estoy segura de que cada padre puede encontrar sus propias respuestas. Ese es mi trabajo 😉 Gracias por tu interesante reflexión, Susana. Un abrazo.

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