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Cuando una rabieta no es lo que parece

Desde la crianza respetuosa he leído muchas veces que las rabietas no se resuelven con indiferencia y mucho menos con castigos. Se resuelven mucho mejor con contención y acompañamiento, con calma.

Sin embargo es peligroso tomar al pie de la letra todo lo que leemos, sobre todo teniendo en cuenta que cada niño, circunstancia y familia son totalmente diferentes y únicos. Puede que la rabieta de nuestro hijo no sea realmente eso, sino un intento de obtener algo que desea o más aún, que necesita, y emplea los gritos y llantos para ello.

Quiero dejar claro que los niños que emplean esa estrategia no son malintencionados, al contrario, sencillamente se han acostumbrado a usarla precisamente porque es efectiva para ellos, incluso aunque a nosotros nos parezca lo contrario. Para explicarme mejor pondré un ejemplo claro: niños que por las razones familiares que sean no obtienen la atención que NECESITAN. En algún momento esa necesidad acuciante les lleva a enfadarse por cualquier pequeña contrariedad. ¡Eureka! En ese momento consiguen más atención de su padre y su madre que sumando todo el resto del día. Y puede que como padres no seamos consciente de ello: resulta que este niño o niña están con nosotros gran parte del día, están bien alimentados, vestidos, incluso les damos algunos besos y abrazos… Aunque falta algo más que no sabemos entender y que ellos no son capaces de comunicar aún con palabras.

Así que en un intento por hacerse más visibles y al mismo tiempo desahogarse entran en un ciclo de mal humor, estallidos de llanto y gritos airados. Es el modo que han encontrado de asegurarse la mirada de sus padres.

¿Cómo saber si eso es lo que está ocurriendo?

Cuando una rabieta no es tal, sino lo que acabo de definir, el pequeño es capaz de detener su expresión emocional cuando obtiene lo que esperaba conseguir, es decir, ha mantenido el dominio sobre sus emociones y la expresión de las mismas.

¿Y qué podemos hacer al respecto?

  • Hacernos conscientes de nuestra responsabilidad en las reacciones de nuestros hijos: en algún momento hemos desconectado y no hemos percibido lo que se estaba “cociendo” en el seno familiar, incluso puede que hayamos hecho lo que nuestro hijo exigía de ese modo
  • Ceder o dar lo que exigen no es una buena solución, al contrario, solo conseguimos mantener esa actitud y afianzarla en ellos; además los niños siguen teniendo una necesidad sin cubrir, y únicamente consiguen cumplir un deseo sustitutivo (como cuando nos mandan que los vistamos, los calcemos, o les cortemos la fruta en cuadraditos)
  • Podemos manifestar nuestra cercanía y comprensión y esperar cerca a que pase la tormenta emocional: es el momento de dar un abrazo  y preguntar ¿Qué necesitas?
  • Cuando seamos conscientes de lo que ocurre, dedicar un tiempo en exclusiva al niño y facilitar un ambiente positivo en el hogar
  • No criticar, burlarse o enfadarse por su actitud, sino mantener la calma sabiendo que podemos reconducir la situación con un poco de intuición y paciencia
  • Si el niño es receptivo podemos dialogar sobre lo ocurrido, sobre cómo nos gusta relacionarnos con armonía y cariño

Como padres podemos cometer errores, aunque no olvidemos nunca que está en nuestra mano ponerles remedio y mejorar, siendo los mejores padres posibles, aunque no padres perfectos.

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