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Los conflictos entre hermanos, ¿los sofocamos o los acompañamos para que los resuelvan?

Anoche tuvimos un conflicto grande, bueno, en realidad mis dos hijas lo tuvieron, aunque inevitablemente nos tocó a todos. Empezaron a discutir y acabaron llegando a las manos.

Ahí no transigimos.

Mi marido y yo presenciamos la pelea en directo y parecía muy aparatosa, así que por un momento tuve la tentación de dirimir la cuestión con un rápido “no os peguéis”, separándolas y sermón. Pero era evidente que así ambas se sentían ofendidas, convencidas de sus motivos y que el conflicto quedaba reprimido aunque sin resolver.

Así que con mucha paciencia, sin buscar culpables, y manteniendo nosotros la calma, nos quedamos con ellas sin tratar de averiguar “quién empezó”.

Al principio fue difícil, cada una se sentía herida por la otra, y apenas podían hablar entre llantos e hipidos.

Cuando bajó la tensión entonces fuimos dándoles turno para hablar y dejando a un lado las acusaciones gratuitas. Cada una expresó cómo se sentía y por qué reaccionó así. Fue sorprendente ver cómo ambas expresaban su malestar e iban llegando a sus sentimientos y explicándose, mostrando además que el conflicto no se había originado donde parecía sino en otro momento.

Entonces pudieron profundizar en el origen del conflicto, más allá de “tú me pegaste primero”.

Y dado que en ese momento los ánimos estaban soliviantados y no eran capaces de ponerse de acuerdo quedamos en que hoy, con calma, buscarían -buscaríamos- un modo de evitar la violencia física y de expresarse sin necesidad de llegar a esa situación nuevamente.

Estas situaciones son las que recuerdo cuando empiezo a dudar o sentirme “mala madre”, porque son un triunfo no tanto en su educación sino en superar modelos punitivos de infancia. Tambien suponen la independencia emocional de mis hijas y la superación de las situaciones conflictivas de niñez con mis propios hermanos. En defnitiva, un paso adelante en mi madurez y mi autoestima, lo cual voy consiguiendo a base de mucho empeño personal y siendo consciente de mis errores.

Dando vueltas a este tema de los conflictos entre hermanos he llegado a algunos puntos que creo necesarios para acompañarlos a la hora de resolver sus diferencias. Para acompañar a los niños en la solución de conflictos con sus hermanos, o con otros niños, a veces es necesario dar algunos pasos como adultos:

  • deshacernos del miedo a que nuestros hijos peleen, a verlo como algo terrible, que no hemos de tolerar de ningún modo
  • deshacernos de las reacciones de nuestros padres cuando nosotros nos peleábamos de niños y nos castigaban para sancionarnos y evitar las peleas
  • evitar buscar un culpable, algo que nos da tranquilidad porque parece que solucionamos la cuestión rápidamente
  • intervenir lo mínimo imprescindible, en función de su edad y del conflicto, para que se escuchen entre ellos y se expresen con sinceridad
  • estar cerca de ellos en el día a día para percibir cómo se sienten y ayudarles a obtener lo que necesitan (ya sea afecto, presencia, contacto físico, alimentarse…) porque cuando las necesidades no están cubiertas aumenta la agresividad como vía de escape
  • practicar una comunicación profunda y auténtica habitualmente porque sin eso, es difícil acompañarlos para que se expresen, y muy fácil dejarse llevar por las apariencias y juzgar rápidamente los conflictos famliares y entre los niños buscando un “culpable” y una “víctima”

Las relaciones entre hermanos dentro de la familia son una excelente escuela para aprender a resolver conflictos de manera positiva para el desarrollo personal.

 

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