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¿Eres animal de costumbres?: revísalas y aprende a responder a tus necesidades reales y las de tu familia

Hay que ver cómo han cambiado las costumbres en nuestra casa: recuerdo cuando bañábamos a la mayor todos los días a la misma hora, pese a que salir de la bañera implicaba un rato de negativas por su parte, llantos, tensión entre los tres… todo porque “los niños deben bañarse todos los días antes de cenar”. También me vienen a la memoria las digestiones pesadas por estar empeñada en tomar fruta de postre al terminar las comidas y cenas, cuando esa fruta no me sentaba bien al final de las comidas principales. Y qué decir de los horarios para ir a dormir los niños, las prisas, y los enfrentamientos para conseguir llegar a apagar la luz a las 9 de la noche…

Uno de los momentos más desconcertantes -o divertidos, según se mire- es cuando empecé a convivir con mi pareja y tras el primer periodo “acaramelados” empezamos a constatar que el otro/a tiene unas costumbres totalmente diferentes: qué comer, rutinas diarias, horarios por cumplir, expresiones más usuales para definir esto y lo otro… Y eso se repite cuando llegan los hijos y empiezan los acuerdos para ver cómo lo alimentamos, vestimos, cuidamos, bañamos.

Esto forma parte de la convivencia. El problema viene cuando nos empeñamos en responder a esas costumbres de nuestra familia de origen, o las que nos marcan los mensajes sociales sobre la infancia, poniendo en peligro el equilibrio de nuestra familia y saltando por encima de nuestras necesidades y las de nuestros hijos.

Esto pasa cuando hacemos malabares para que los niños se bañen todos los días, aunque se convierta en una batalla campal de agua por el suelo, peleas para cerrar el grifo y toallas por recoger. O cuando nos empeñamos en que se vayan a dormir cuando no tienen sueño, sencillamente porque ha llegado “la hora” y resulta que los felices retoños corretean por casa y parece que estén eléctricos. Y qué decir de las peleas para comer filetes de hígado porque tienen mucho hierro… cuando nosotros mismos sufrimos ese menú infernal (al menos para mí).

Con estas conductas y falta de flexibilidad conseguimos alterar el ritmo familiar y personal, acumular conflictos, y que los niños aprendan que las normas son más importantes que sus necesidades reales, ya que nosotros mismos nos las saltamos y les obligamos a hacerlo.

La libertad de cada uno empieza por atender la necesidad que tiene aquí y ahora. Así que es momento de replantearte si las obligaciones que te has impuesto en los ritmos personales y de familia no te están costando demasiado caros.

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