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Niño, no mientas… que ya lo hago yo

truth

Hace  unos días mi hija tuvo una experiencia vivida con anterioridad: un adulto mentiroso. Y por mentiroso no digo olvidadizo, ni inconstante, ni que tratara de suavizar una situación conflictiva con una mentira piadosa. No.

Una persona adulta, la madre de uno de sus compañeros de clase la mintió descaradamente, y no lo hizo ocultándola la verdad. Usó la inocencia de la niña para prometerle algo, sabiendo que no lo iba a cumplir, y sabiendo que todos los adultos entendíamos el doble sentido de sus palabras aunque la niña no lo percibiera. Al menos la niña se libró de sentirse burlada.

Esto me ha hecho pensar mucho sobre las mentiras y sobre la incoherencia de los adultos que, generalmente, derrochamos sermones sobre la importancia de decir la verdad, que nos subimos por las paredes y castigamos cuando pillamos a nuestros niños en una mentira. Nos hemos preguntado ¿cuántas veces nos han visto u oído mentir?

No trato aquí de hablar de la ética de la verdad, ni de actitudes correctas o incorrectas, declaro que pedimos aquello que no somos capaces de llevar adelante, nosotros adultos, en personas que aún están formando su carácter, creciendo y que ven en nosotros un modelo vital. Ponen toda su confianza en nosotros y se sienten muchas veces traicionados por nuestra incoherencia, cuando no por nuestra burla o nuestro sentimiento de superioridad.

Es una llamada a respetar la dignidad de nuestros niños, tal como deseamos que respeten la nuestra.

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