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Niños maleducados, niños sin límites, padres despreocupados

pista

La otra tarde estuvimos en una pista deportiva de un pueblo, y cada hijo escogió una cosa: baloncesto, patinete y pelota -tras la que correr el más pequeño. Hacía una tarde templada que invitaba a salir después de muchos días de lluvia y frío. Así que nos encontramos con una docena de niños en la pista. Además de los juegos, los niños y las madres y padres había un par de perros fuera de la pista, atados a unos árboles, esperando pacientemente a que sus dueños terminaran de pasar la tarde. De pronto tres niños salieron de la pista y se acercaron a los perros y comenzaron a ladrarles, a encararse con ellos y los perros se pusieron muy nerviosos. En ese momento yo estaba por allí cerca y les advertí que los perros podían morderlos si seguían desafiándolos, mientras una mujer se limitaba a decir: “¡Niño, deja al perro!” Un poco más tarde los mismos niños jugaban al fútbol y pese a varios balonazos no se dignaron disculparse o al menos tener cuidado con los que compartíamos la pista al mismo tiempo.

Después de esa experiencia sobre la que charlamos mi marido y yo bastante sorprendidos, traigo aquí mi punto de vista. En primer lugar he de decir que me resulta sorprendente que haya padres que decidan permitir a sus hijos que hagan lo que quieran cuando están conviviendo con otras personas ajenas a la familia. Es en ese momento cuando los padres hemos de poner límites y mostrar a nuestros hijos en qué consiste el respeto y las normas básicas de convivencia, así como la consideración con otros seres vivos.

A veces los niños reaccionan de forma desproporcionada e inadecuada, irrespetuosa, en cualquier caso ese es el momento de transmitir qué es convivir, facilitarles otros modos de desahogarse cuando tienen altos niveles de energía o estrés, tensión, rabia… Porque está en juego no solo sus relaciones sociales durante la niñez, sino también desarrollar capacidad de empatía y  la comprensión de las normas y valores universales de convivencia, el resto de su vida. Y con ello su nivel de éxito relacional y socio-laboral.

Y aunque algunas personas presentes me miraron extrañadas cuando advertí a los niños, considero que al vivir en sociedad todos podemos expresar cómo nos sentimos y cuidar de la seguridad de esos niños. En concreto estaban poniendo en riesgo su salud al exhibir una actitud tan desafiante con un animal que puede reaccionar defendiendo su territorio. Y también creo que la educación de los niños no solo compete a sus padres o profesores, tambien a aquellas personas que se ven afectadas por sus actos. Tendemos a considerar a los niños propiedad de sus padres, sin embargo en el momento en que entran en contacto con otras personas, intercambian tiempo, juegos, emociones, etc. son sujetos en relación y las otras personas pueden intervenir cuando lo consideren oportuno, ya sea para cuidarlos o para mostrarles cómo funciona la vida en común. En ningún momento me sentí extraña o temí la reacción de sus progenitores, hace tiempo que me liberé, afortunadamente, del miedo al qué dirán. E igual que lo haría con un adulto lo hice con los niños ¿ por qué no habría de ser así’

Evidentemente la conducta maleducada y agresiva de aquellos niños era responsabilidad primera de sus padres, aunque también de todos aquellos que nos vimos afectados por su conducta. La falta de límites por parte de los adultos educadores originó situaciones desagradables, peligrosas y desconsideradas para quienes estuvimos ese rato con ellos, y la actitud despreocupada y pasota de estos era el origen.

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