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Educar es dar alas a nuestros hijos

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Cuando empieza a surgir en nosotros el “gusanillo” de tener hijos nos imaginamos cómo será el niño o niña, nos ilusionamos con su futuro rostro… y empezamos a preocuparnos por cómo lo atenderemos. Hay quien empieza a buscar con quién dejarlo cuando se incorpore al trabajo. Otros con el paso de los meses renuncian a su trabajo o pide una excedencia para estar con el niño el mayor tiempo posible. Están los que leen libros antes del nacimiento porque quieren saber cómo hacer con la alimentación, el sueño, los juguetes, los pañales, la lactancia.

Por lo general un embarazo y posteriormente un bebé suponen una revolución, una revolución para la que no solemos estar preparados porque ¿quién puede estar listo para dar un vuelco a su vida y a su corazón?

Muchos evolucionan personalmente o descubren nuevas facetas de su persona con la maternidad o paternidad.

Y a medida que crece la criatura empiezan las preocupaciones por otras cuestiones como la educación, el futuro que lo espera, a qué se va a dedicar, qué valores queremos transmitirle…

Afortunadamente muchas personas descubren, en la relación con sus hijos, conductas, costumbres, modos de comunicarse, que vivieron en su infancia y que guardan como un tesoro o que no quieren repetir. Porque ya tenían claro qué querían evitar y porque estban abiertos a evolucionar y la relación con sus hijos remueve constantemente emociones escondidas de la infancia.

El reto siguiente es entender, y después vivir, que nuestros hijos no son una propiedad nuestra, que no están para cumplir nuestros planes. Solucionamos sus necesidades cuando aún no pueden hacerlo por sí mismos. Y seguimos haciéndolo con el paso de los años, cuando ellos sí están preparados para el autocuidado, en lugar de darles recursos para hacerlo por sí mismos. Esta tarea con el tiempo se nos vuelve una carga, de la que no podemos deshacernos porque la necesitamos para dar sentido a nuestra vida o a nuestro papel como progenitores responsables. Sin embargo, acabamos pasando la factura a nuestros hijos por todo nuestros esfuerzos diarios en su cuidado. Entonces empezamos a pretender que en su vida cumplan con lo que creemos mejor para ellos y los alejamos de aquello que nos da miedo.

Existen muchas creencias sobre lo que debe ser la vida para que ésta sea plena y feliz, útil y válida. Creencias basadas en mensajes que nos repitieron desde niños y que se han convertido en la base de nuestro estilo vital, de lo que se puede y no se puede hacer, de lo que debemos y no debemos hacer, de cuales son las profesiones a las que podemos dedicarnos, de hasta dónde podemos llegar en nuestro desarrollo personal. Y con estos falsos patrones, con esta hoja de ruta interna vamos moldeando las experiencias que hacen nuestros hijos, las expectativas que tenemos sobre ellos, para qué vivir o qué es lo adecuado para su vida y su persona.

Sin embargo, educar no es moldear ni dirigir, ni mucho menos manipular o coartar. Educar es dar alas. Es apoyar y creer, estimular a nuestros hijos, acompañarlos en sus proyectos y confiar en su intuición y sus gustos. Y dejarlos soñar, y soñar con ellos. Más allá de nuestra cuadriculada visión de la vida, de para qué son válidos o de cómo tienen que organizar su existencia.

Maria Pilar Gómez San Miguel

Crianza en Familia

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