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Emociones para una buena salud emocional y física

Así somos los seres humanos, un arcoiris de sentimientos. Esos sentimientos son los que nos sirven de guía para caminar por la vida, para relacionarlos con los demás, para saber lo que nos hace daño y lo que nos beneficia. El problema es la etiqueta de emociones positivas y emociones negativas que tanto se escucha entre ciertos sectores y profesionales. Ese etiquetado nos marcó de niños, nos induce a expresar o reprimir sentimientos. El miedo, la rabia, el llanto… se quedan a menudo en nuestro interior porque nos sentimos culpables al sentirnos así, no permitimos que la emoción fluya, y eso juega en contra de nuestra salud debilitando el sistema inmunitario. Y la mayor dificultad para caminar en la dirección contraria suele ser nuestro hábito de mirar “fuera” buscando un culpable para nuestra emoción, en vez de mirar a nuestro interior para descubrir qué necesitamos y recuperar el equilibrio.

Ese etiquetado también nos condiciona a la hora de acompañar a los niños en el desarrollo de su autorregulación emocional. Cuántos “¡no llores!” hemos escuchado en la infancia, que repetimos a los pequeños cuando su llanto nos parece injustificado o nos pone nerviosos. Cuántos “¡no pasa nada!”, “¡no es para tanto!”, “¡te asustas por nada!”, cuántos niños que lloran ante la indiferencia de sus padres, que creen que así dejarán de tener rabietas… con todo esto estamos mostrándoles que sus sentimientos no son correctos, no nos importan o peor, que son malos.

Por tal razón, existe una correlación entre el nivel de desarrollo emocional de los padres y la salud emocional y física de los niños. Cuando hablamos de autorregulación, el primer paso se inicia en la auto-conciencia; en saber cómo funcionamos y cómo somos; la autorregulación no consiste en contener o reprimir la emoción.

Recordemos que no se trata de hacer, como nos han hecho creer, “niños duros” para una sociedad “cruel” como la nuestra. Se trata de acompañar a la infancia desde el respeto por su ritmo madurativo para fomentar un yo lo más sólido y fuerte posible, atendiendo a la emoción como guía infalible del bienestar o malestar interno en relación con la interacción con el medio. Y desde esta guía, transformar o cambiar lo que no nos hace bien.

Maria Pilar Gómez San Miguel

Crianza en Familia

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