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Límites: cambiando la perspectiva

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Es uno de los temas estrella de la educación de los niños, que aparece en las consultas de orientadores, psicólogos, en foros educativos… Parece que todo el mundo tiene claro que son muy importantes, que los límites deben estar claros para los niños, que hemos de ponerles límites para que aprendan que no se puede conseguir todo en la vida, para que toleren la frustración, para que nos respeten a los padres y educadores…

Desde mi punto de vista la orientación de este tema, el objetivo que se persigue y la práctica que se lleva a cabo son erróneos.

Para empezar con mi reflexión diré algo evidente: la vida es limitación desde su comienzo. Un bebé tiene hambre y llora, pero tardan unos segundos o unos minutos en alimentarlo. Un niño pequeño quiere coger un objeto, pero éste queda fuera de su alcance. Una niña de 5 años quiere saber lo que pone en un cartel, pero aún no sabe leer. Luego estamos limitados por nuestra falta de herramientas y habilidades y porque dependemos de los demás para muchas cosas.

Pretendemos que los niños nos respeten, que aprendan quien manda, y para eso los limitamos de forma “artificial” negándoles ciertas cosas. Si realmente queremos que la convivencia sea armoniosa, el mejor modo es ser conscientes de cuáles son nuestros límites personales, deseos, sentimientos y necesidades. Es decir que los adultos dejemos de poner límites a los niños y que expresemos nuestros límites y que seamos conscientes de ellos. Así no será necesario recriminar a un niño porque nos sentimos exprimidos cuando que nos pide algo que no estamos dispuestos a dar. Sencillamente diremos que no. Esto parece fácil, aunque si en nuestra infancia no nos trataron así probablemente nos lleve un tiempo hacer consciente nuestro mundo interior, y después ser capaces de comunicarlo con un lenguaje propio y sincero.

Adoptar esta actitud supone no tanto un cambio de estrategia como un cambio de mentalidad importante: no se trata de modificar nuestro modo de hablar a los niños para que todo fluya, sino de comprender que ellos no necesitan ser modelados, dirigidos y mucho menos chantajeados. Tienen la capacidad suficiente para ser ellos mismos y relacionarse felizmente con quienes les rodean cuando éstos les guían en su relación con el mundo, y cuando les sirven de ejemplo para comprender que ellos mismos tienen límites y que pueden expresarlos.

No nos quedemos en lo que todo el mundo dice y preguntémonos: ¿qué quiero decir cuando hablo de poner límites a mis hijos? ¿cómo lo hago? y sobre todo ¿para qué?

Mª Pilar Gómez San Miguel

Crianza en Familia

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