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¡Eres tonta!¡Eres muy tonta, hija!

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Así se despachaba un vecino hace poco con su hija de 7 años, que estaba intentado hacer una tarea y no conseguía resolverla correctamente, llorando a lágrima viva. ¿Qué lleva a un padre a usar el insulto, el tono impaciente, y a usarlo a menudo?

No voy a juzgar aquí esta conducta. Lo que quiero reflexionar es el efecto que puede tener en un niño el uso de calificativos e insultos. Porque esta situación me recuerda otras que yo viví en mi infancia en las que, sin siquiera necesidad de que me llamaran “tonta” me sentí así, sencillamente porque los adultos que me rodeaban y en quienes yo confiaba más mostraron su decepción por un error que yo cometí. Y la idea de que yo no valía para resolver esa tarea concreta duró muchos años, y me incapacitó para resolverla correctamente. Y la única razón para esa incapacidad era la creencia -que no la realidad- de que no servía para realizarla bien.

A veces no es necesario siquiera insultar a un niño para romper su autoestima y la confianza en sí mismo, basta con nuestra cara de descontento o con frases impacientes. Aunque leamos en muchos libros y blogs que es importante apoyar a los niños y animarlos en sus intentos hay dos cosas que necesitamos tener presentes para cambiar nuestra actitud y dejar de influir de forma negativa en ellos:

  • probablemente en nuestra infancia sólo alabaron nuestros aciertos y nos premiaron por las tareas correctamente resueltas, pero pocas veces nos apoyaron durante los intentos “fracasados” que nos hacían avanzar hacia el aprendizaje; y ahora vemos los errores de nuestros hijos como un reflejo de su incapacidad, en lugar de verlo como un paso más hacia el logro y el desarrollo de destrezas
  • nos gusta que nuestros niños sean los más listos, los más capaces… y olvidamos quererlos de verdad tal como son, porque sentimos que sus fracasos son en parte los nuestros: podemos dejar de mirarlos como una prolongación nuestra, y dejar de usarlos para cumplir nuestros sueños incumplidos, entonces podremos acoger sus intentos fallidos con paciencia y cariño y los animaremos a intentarlo de nuevo en lugar de castigarlos con nuestro mal humor y decepción

Jesper Juul dice en su libro “Su hijo, una persona competente” que los niños pequeños tienen tendencia a sentirse incapaces y estúpidos cuando están cerca de adultos que demuestran constantemente que saben más que ellos o que los corrigen cada vez que se equivocan. Estoy totalmente de acuerdo con esta apreciación, por eso pienso que nuestra responsabilidad en cómo los niños confían en sí mismos y en sus capacidades es mayor de lo que creemos, incluso aunque nuestros hijos sean hábiles e inteligentes. Les resultará más fácil arriesgarse y ser creativos en su vida si quienes estaban más cerca les transmitieron confianza y los apoyaron en sus aciertos y también en sus errores.

Mª Pîlar Gómez, Conviviendo en Positivo

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