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Padres en la primera infancia: cómo transitar con éxito por una rabieta

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Si mi hijo empieza a llorar y gritar cuando algo no le gusta ¿cómo actúo para que no se produzca una batalla campal? Cuando empieza esta conducta infantil podemos sentirnos perplejos, apabullados, enfadados, evaluados por otros adultos presentes… y todos esos sentimintos suelen marcar nuestra respuesta, muchas veces de forma inadecuada porque no ayudan al niño y nos enfrentan con él. Y ¿no es verdad que cuando peleamos con nuestros hijos y se crea una lucha de poder sentimos rechazo hacia ellos? ¿Y que eso nos hace sentir culpables?

Antes de nada hemos de tener clara una cuestión: hay diferentes motivos para que un niño pequeño coja un berrinche, y aunque no parezca importante diferenciarlos sí puede resultar crucial, porque nuestra respuesta no será la misma:

  • rabietas por cansancio: suelen producirse al final del día o cuando el niño acumula mucha hambre o experiencias estresantes
  • rabietas por falta de atención: los niños necesitan nuestra presencia y atención, cercanía y cariño. Cuando no ven satisfecha esa necesidad pueden estallar en llanto o gritar por cosas pequeñas, si sólo en esos momentos consiguen que los miremos y hablemos directamente en exclusiva, entonces lo convertirán en un hábito y en poco tiempo serán “niños agresivos” o “niños con falta de límites”
  • rabietas por hábito: cuando se enfada y te ordena que cumplas sus deseos y obtiene resultados, entonces esa estrategia será la que emplee habitualmente para conseguir casi cualquier cosa

Una tarde, mientras mis hijas jugaban con su padre, estuve fuera de casa haciendo un curso formativo. Al regreso estaban ya cenando. Enseguida terminaron y fuimos a la habitación para que se pusieran el pijama. Se lavaron los dientes, les leí un cuento. Y el bebé, que entonces tenía unos 6 meses de edad, lloraba ya por el sueño. Así que las dí un beso y me dispuse a marcharme. Entonces mi hija de cuatro años empezó a chillar y llorar que no quería que me fuera. Me dí cuenta de que tras varias horas sin verme me necesitaba cerca. Así que me puse a su lado, la abracé y la dije: “Cariño, parece que quieres estar conmigo, sé que esta tarde no me has viso y te gustaría que me quedara un rato más contigo”. Entonces dejó de gritar y siguió llorando con mucha pena. “Mira, S. necesita ir a dormir ya porque si no va a seguir llorando y no vamos a poder estar tranquilas. Voy a darle de mamar, se queda dormido en diez minutos y regreso contigo”. Asintió con la cabeza, me dio un abrazo y le dijo a su papá que se quedara con ella hasta mi regreso.

Existe un periodo en la vida de los niños especialmente propenso a rabietas y en este caso tiene más que ver con el momento del desarrollo: son las que comienzan hacia los dos años (en muchos niños antes) y se extienden por un tiempo, cuando el niño va aprendiendo que puede comunicarse con palabras, no sólo con sonidos. Este momento especialmente conflictivo coincide con la adquisición del lenguaje y con una mayor autonomía que lo lleva a veces a enfrentarse al adulto como un modo de afirmar su opinión y su persona.

¿Qué hemos de tener en cuenta cuando se produce una rabieta?

  • Ver la situación con perspectiva y si las necesidades básicas del niño están atendidas o si ha estado enviando mensajes durante las últimas horas sin que las hayamos atendido. En ese caso lo mejor es atenderlas.
  • Ser consciente de que poner una etiqueta  sólo sirve para “echar la culpa” al niño en lugar de reaccionar de forma proporcionada: pensamientos del tipo “este niño es un caprichoso” nos predispone automáticamente contra nuestro hijo. Sencillamente mantener la calma y hacer saber al niño que ese modo de comunicarse no es el que usamos en la familia.
  • Cuál es nuestro estado de ánimo: los padres también estamos cansados, hambrientos, somnolientos, cargamos con situaciones sin resolver que nos estresan… y en esa situación no estamos en condiciones de responder como nuestro hijo necesita. Así que si estás sobrepasado, sin capacidad y claridad, aléjate de la situación explicándole a tu hijo lo que ocurre, remedia tu necesidad y regresa a atenderle. Si hay otro adulto puedes pedirle que te ayude.

Éstas son unas pistas básicas para acercarnos a ese momento que tanto nos asusta a muchos padres y que únicamente requiere un poco de calma, conciencia personal y conocimiento de nuestro hijo.

Mª Pilar Gómez, Conviviendo en Positivo

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Mireia - Este si que me ha gustado! 🙂

pilar - Ok! Gracias Mireia.

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