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La autonomía infantil: algo más que atarse los cordones

Anoche todos los miembros de la familia disfrutamos de una tarde-noche de fiesta, puesto que era la víspera de la festividad de Santiago y salimos a picar algo para cenar, vimos los fuegos artificiales y nos comimos un helado miemtras escuchábamos a un grupo de música tocar piezas de los 60, sobre todo de los Beatles.

Es verdad que la realidad a veces supera la ficción y, esa noche fue una de ellas. Dos mesas más allá de la nuestra en la cafetería en la que hicimos picoteo, se sentó una pareja con su hijo de 14 ó 15 años. No presté mucha atención hasta que las niñas se levantaron con el papi y el peque y me quedé sola terminando mi plato. Entonces me dí cuenta de que el chico aún tenía varios bocados en el plato combinado que había pedido. Su padre, lo animaba a terminar mientras el chico ponía cara de circunstancias; al fin se metió los tres últimos trozos en la boca, soltó el tenedor y con las mejillas hinchadas por la comida que aún tenía que masticar, suspiró apoyando la cabeza en la mano. Entonces el hombre dijo: “Bueno, ahora el helado” Se volvió a su compañera y preguntó: “¿Hay helado?” Ella asintió con la cabeza y entonces le preguntaron si quería la tarrina de helado que ofrecían en la cafetería como postre.

Acababa de asistir a una sesión de coacciones para que el mozo se terminara todo lo del plato, con la promesa de un helado. ¡Con 14 años! Una edad a priori suficiente para ser autónomo…

Se nos llena la boca con la palabra autonomía para nuestros hijos: deseamos que hagan las cosas por sí mismos ¿o no? Quizá lo que esperamos es que desde bien temprano no nos agobien con sus demandas de atención, demandas absolutamente legítimas ya que, por su edad y desarrollo necesitan nuestra compañía y afecto constantes. Lo cual es totalmente diferente de que ellos desarrollen la capacidad para hacerse cargo de sí mismos poco a poco.

Desde muy temprano los bebés manifiestan su intención de copiar nuestros actos y, de este modo, caminan hacia su independencia a la hora de vestirse, alimentarse, jugar, asearse… un camino que ocupa varios años de desarrollo. En muchas ocasiones interrumpimos sus intentos de alcanzar algún hito -ponerse los calcetines, atar los cordones, portar un vaso lleno de agua- debido a nuestra prisa, a la previsión de suelo o ropa por limpiar tras sus intentos, o a la falta de confianza en su capacidad.

Si no hemos intervenido demasiado en sus esfuerzos por realizar tareas nuevas que requieren destrezas aún sin desplegar del todo, nos encontraremos con protestas frecuentes por su parte, cuando pretendemos “ayudarlos” debido a nuestra costumbre, nuestra vanidad o nuestra planificación del momento.

En el lado opuesto están los niños que parecen no querer asumir ninguna responsabilidad en su autocuidado, aquí los padres deberíamos revisar cuál está siendo nuestro papel, si como ocurre con la familia que observé ayer los coaccionamos constantemente, los supervisamos en todos sus actos y los evaluamos con críticas o felicitaciones cada día. Estos niños acaban delegando toda la autonomía -de la que son capaces y que los convierte en personas plenas- en manos de unos progenitores controladores, que los infantilizan gran parte de su infancia e incluso la adolescencia, y dependen de la valoración de sus padres a diario. Estos niños no han tenido ocasión de probarse sus capacidades y su valía, y tendrán dificultades para emprender cosas nuevas y hacerse cargo de sus fracasos o creer en su éxito.

Para los progenitores puede ser más cómodo no respetar la autonomía de los niños en lo que a necesidades se refiere: nuestros esfuerzos porque coman un poco más o programarles al dedillo los horarios para alimentarse, porque duerman una siesta sin sueño, realicen la extraescolar que nos gusta, hagan o digan lo que nosotros queremos, con coacciones, o amenazas, castigos y promesas de premios nos allanan el camino de la “disicplina” en casa. Pero no les permite elegir y mantener a salvo la conexión con su propio cuerpo y sus emociones, constantemente su autonomía emocional se está viendo lastimada al ignorar sus mensajes de protesta y sus impulsos naturales.

Existe otra razón para que los niños se nieguen a ser autónomos, y es que sólo reciban nuestra atención en forma de crítica negativa cada vez que hace un intento nuevo. Puede que lleguen a engancharse a esta forma de atención, en la que su incapacidad nos mantiene pendientes de ellos. Benévola o iracunda, necesitan nuestra mirada sobre ellos, si el modo de obtenerla es “ser un desastre”, lo serán. Si la manera de que permanezcamos a su lado es negarse a ponerse solos los zapatos o a coger el tenedor para pinchar la carne, así será.

Múltiples experiencias educativas han dejado patente que la confianza en los niños los hace capaces de cosas que pensamos increíbles por su edad o etapa de desarrollo.

Para permitir que los niños alcancen la autonomía puedes hacer lo siguiente:

-respetarlo siempre que quiera hacer algo él sólo;

-respetar su “velocidad”, especialmente cuando son niños menores de 4 años, cuando están desarrollando nuevas habilidades, sin prisas ni impaciencia, comentarios o los usuales “espera, que te ayudo”;

-no interrumpir, ni corregir con “así no, mírame a mí” o reñir;

-proponer modos de hacer cuando se equivocan, si piden ayuda;

-dar la atención que necesitan no sólo cuando tienen que hacer alguna tarea sólos, también a lo largo del día;

-evitar las críticas malhumoradas cuando comenten errores, una sencilla indicación para recoger lo caído, reparar lo roto o arreglar un desaguisado bastan;

-alegrarse con él de sus logros, describiendo la acción que ha realizado en vez de un !muy bien! genérico;

-animarlo cuando haga proyectos o idee acciones nuevas, sin darle lecciones ni hacer que ponga “los pies en la tierra” o prevenirle sobre un posible fracaso;

-tener en cuenta desde que nacen sus ritmos biológicos y después sus gustos, intereses, necesidades, puntos de vista.

En definitiva, RESPETAR, ANIMAR, ESPERAR, ACOMPAÑAR.

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