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Los miedos infantiles y los adultos miedosos

El miedo tiene muy mala prensa. Paradójicamente se trata de un instinto natural que, si no es paralizante, cumple una función de protección y defensa, un mecanismo para huir de aquello que resulta amenazante. Tanto si es real como imaginario, una cuestión que los niños hasta los cinco o seis años no son capaces de distinguir, puesto que no tienen un conocimiento de la realidad como el nuestro y porque el límite entre fantasía y realidad es difuso. Hay cierta tendencia a hacer desaparecer cualquier miedo que manifieste un pequeño, violentando en ocasiones si instinto natural, puesto que no está preparado probablemente para racionalizar aquello que le da miedo, ni sabe por qué le asusta.

Lo más saludable que podemos hacer es respetar su instinto, no ridiculizarlo, acompañarlo dándole seguridad, no exponerlo a estímulos para los que no está preparado (películas, meterlo en lugares oscuros, atracciones de ferias…), evitar las historias de miedo. En este tema, como en otros, empujar a los niños a ser autónomos antes de tiempo no es efectivo ni positivo; mi experiencia con los miedos, igual que con otras cuestiones infantiles, es que los niños avanzan cuando están preparados, si tenemos la paciencia suficiente y no nos dejamos influir por lo que dice la gente o por nuestras experiencias de infancia.

Hay otro tipo de miedos, aquellos que transmitimos los adultos inconscientemente. Si tenemos ocasión de observar a un niño pequeño cuando se produce un suceso sorprendente, podremos verle observando al adulto y captando perfectamente la reacción de éste ante ese suceso. Si repetidamente un adulto reacciona de modo asustadizo ante un estímulo concreto es probable que su hijo acabe reaccionando del mismo modo. Así que podemos hacer un recorrido por aquellas cosas que nos asustan y ver si de algún modo estamos transmitiendo ese miedo a los niños.

Hay otra categoría de miedos: aquello que los adultos tememos que los niños emprendan porque no queremos que se hagan daño, porque creemos que no están preparados, porque nosotros mismos no tenemos esa habilidad o capacidad y lo proyectamos en ellos. La semana pasada un rato en el parque fue suficiente para escuchar claramente como una madre limitaba a su hija por su miedo personal: “Mira, la pequeña (una niña de 4 años) usa patines de tres ruedas. La mayor también, porque que los use en línea me asusta un poco”.

¿Queremos limitarlos porque nosotros estamos limitados? ¿O queremos que puedan volar y emprender?

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