Crianza en Familia » Blog

Masthead header

Mi hijo no me cuenta nada

Llego  a la parada del autobús a recoger a mis hijas después de sus cinco horas de jornada escolar. Las recibo con un beso y un saludo cariñoso. Sé que llegan cansadas y hambrientas. No espero largas conversaciones ni que me cuenten anécdotas. Ahora veo que necesitan mi presencia y acompañamiento, y sobre todo, sentarse a comer y descansar.

A mi lado otro padre recibe a su niño. Le da un beso y le pregunta por el cole. El niño responde con un gruñido. Le pregunta si se tomó todo el tentempié. “Sí”. Y si ha jugado con fulanito en el recreo. Y si se portó bien en el autobús. Otro gruñido…

Cuando llego a casa y se sientan a comer me acomodo entre ambas y de repente una de las niñas se acuerda de algo que le dijo un compañero. “¿Eso te dijo?”. Y entonces la otra recuerda que la semana que viene se van de excursión al Museo Marítimo. Y pronto se están quitando la palabra y se atropellan una a otra porque tienen mucho que compartir.

A los padres nos encantan charlar con nuestros hijos y, en particular, saber lo que han hecho mientras han estado lejos de nosotros. Quizá tenemos la expectativa de que comunicarnos en familia es fundamental y nos gustaría que nuestro hogar fuera un lugar donde unos contemos con los otros y nos contemos nuestras cosas. Como fue nuestra familia. O para mejorar lo que nosotros vivimos de pequeños. Sin embargo quizá desconocemos cómo funciona el cerebro y la psicología de un niño pequeño, y le exigimos algo que no puede darnos, con lo que la comunicación que le pedimos se convierte en una agresión para él, en una exigencia, en un examen; y puede que acabe aprendiendo a evitar nuestras preguntas, a contestar lo que queremos oír o que directamente haga del silencio un arma para preservar su intimidad.

Oigo a menudo padres y madres que comentan: “Es que no me cuenta nada, tengo que sacárselo con sacacorchos”. Y lo dicen de un niño de tres o cuatro años. Y lo asedian a preguntas. Y lo corrigen, se enfadan o castigan cuando les cuenta alguna trastada o que se pegó con alguno, o que fulanito se enfadó con él.

Durante los primeros años de vida nuestra memoria es de carácter sensitivo, guarda sensaciones o emociones. Más tarde aparece la memoria de las conductas: se ensayan movimientos, se repiten y, poco a poco, se van grabando. De esa forma, los niños van reteniendo y aprendiendo experiencias que permiten que progrese y se adapte al entorno. Finalmente, se desarrolla la memoria del conocimiento, o capacidad de introducir datos, almacenarlos correctamente y evocarlos cuando sea menester. A los más chiquitos les cuesta mucho verbalizar sus experiencias y sentimientos. Es cierto que entre los dos y tres años se observan grandes progresos en el desarrollo del habla y que algunos se manejan con bastante soltura. No obstante, no dominan el lenguaje y, en general, tienen dificultades para expresarse con claridad. Contar requiere aprendizaje y práctica.

Hay que tener en cuenta también la relativa incapacidad de los más pequeños para discriminar entre el esquema general y los detalles episódicos concretos, que puede llevarles a mezclar detalles de unos sucesos a otros y proporcionar un dato de un episodio concreto como ocurrido en otro episodio al pensar que ese dato es parte del esquema general, o al revés, ya que al relatar los sucesos en términos generales pueden incluir detalles que sólo ocurrieron una vez (Farrar y Goodman, 1990). Hudson y Fivush (1990) señalan que además los niños pequeños en comparación con niños más mayores carecen de los conocimientos apropiados para reconstruir el pasado (Manzanero, A.L. (2010): La exactitud de los testimonios infantiles ).

(Imagen: El rinconcito de Currito y Manolita)

Así que hemos de tener en cuenta su evolución cuando queramos comunicarnos con ellos, porque no es lo mismo hablar con un niño de dos años que con uno de siete. Frecuentemente los niños pequeños no recuerdan lo que les preguntamos, mezclan recuerdos, rellenan huecos de la memoria con cosas sucedidas en otro tiempo o lugar. Pero eso no quiere decir que nos estén mintiendo. Y también es posible que sencillamente nuestros hijos, tengan la edad que tengan, no deseen responder a  nuestras preguntas. Por muchas razones.

Una comunicación respetuosa y empática es fundamental para que fluyan los mensajes:

   -interesarnos por sus cosas de forma sincera, no para controlarlos, evitando asediarlos a preguntas

-escuchar sin criticar, corregir o castigar por sucesos pasados que nos narran

-escuchar sin interrumpir con preguntas constantes

-respetar sus silencios

-evitar consejos que no nos han pedido

-practicar la comunicación bidireccional: les encanta que les contemos nuestras cosas

-aprovechar algún momento del día para repasar lo que hemos hecho juntos

-dar importancia a las emociones tanto como a los datos concretos

Estamos preocupados por la educación de nuestros hijos e hijas, preguntándonos cómo hacer para que se porten bien, sean amables y educados y puedan vivir según las normas de nuestra sociedad. No obstante, estos “resultados” no dependen tanto de nuestros anhelos, sino de lo que comunicamos genuinamente. Para ello se requiere un trabajo de introspección permanente. No podemos pretender que los niños pequeños expliquen sencillamente aquello que les pase, si no les escuchamos. Tampoco serán capaces de hacerlo si no les explicamos qué nos pasa. Ellos aprenden de la forma en que nosotros sentimos y expresamos. Es con esta persona, la persona real que sufre y la que está contenta, con la que les será más fácil comunicarse.

Subscribe to our mailing list

* indicates required Email * Nombre * Email Format html text

Top 10 2011: Los mejores artículos de la blogosfera maternal « CRIANZA EN FAMILIA - […] con los 5 sentidos Y duran, y duran, y duran…? La familia nuclear Mi hijo no me cuenta nada Crítica a “Supernanny” Usos y abusos del castigo Deberes escolares: una visión […]

Your email is never published or shared. Required fields are marked *

*

*