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Etiqueta, que algo queda

El origen de las etiquetas que los adultos ponemos a los niños es variado, pero el beneficio que reciben de estas etiquetas es nulo; es más, el perjuicio puede ser temporal o para toda la vida. En ocasiones nos molesta su actitud o conducta y calificamos al niño en lugar de corregir o acompañarlo.

Algunas etiquetas son evidentes: aquellas que califican con una palabra al niño, tonto, malo, listo, guapo, … Otras son más sutiles y las emitimos sin apenas percibirlo: “Es una niña muy tranquila”, “Pero mira que eres pesado”, “¿Ya estás mintiendo otra vez?”. Si observamos con detenimiento a un niño que recibe una de estas frases podremos darnos cuenta de cómo pierden casi automáticamente su actitud natural. Y si las ocasiones en las que el niño “merece” estos calificativos aumentan no es porque nosotros teníamos razón, sino porque necesita sentirse aceptado, tanto si es de forma positiva como negativa, así que empezará a comportarse tal como nosotros lo vemos.

Este trato que les damos a través de las etiquetas es injusto. En primer lugar porque son personas en formación y crecimiento que aún no tienen definido su carácter; y en segundo lugar, porque si somos honestos nos daremos cuenta que en ocasiones se “comporta” tal como nosotros lo hemos calificado, pero en muchos otros momentos no. Y en tercer lugar porque calificar a un niño es tener una visión muy pobre de lo que vale como persona, ya que su potencial, temperamento, actitudes, no se pueden definir con una sola palabra.

Propongo que nos acerquemos al libro “Eduardo, el niño más terrible del mundo” de John Burningham para comprender cómo actúa un niño evaluado con calificativos constantemente. Y también que revisemos nuestro modo de comunicarnos con los niños que nos rodean, y percibiremos cómo influyen los roles sociales, nuestra historia familiar y escolar, en la calificación personal que les damos ante cada actitud y conducta que manifiestan.

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Ramón - Está estudiado que las etiquetas empiezan con el nombre que le ponemos a los niños, echad un vistazo al artículo “El peligro de llamarse Kevin”.

http://www.elmundo.es/elmundo/2010/08/25/internacional/1282726256.html

Saludos

pilar - Curioso el artículo. Gracias Ramón. Increíble la cantidad de prejuicios que tenemos los adultos y que van condicionando nuestra relación con los niños.

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