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Para ir abriendo boca… límites

Vía: Proyecto Materna

Los niños necesitan límites.” ¿Cuántas veces hemos escuchado esta frase? Tantas que va camino de convertirse en un clásico de la pedagogía popular, como “eso no se hace” o “hay que compartir”. Pero si algo tienen en común esos clásicos es que se tiene fe absoluta en ellos y aun así se dicen sin pensar, se dan por hecho sin someterlos a juicio, se usan sin saber qué significan. Son las cosas que son así, y punto. Se puede criar y educar con ellos sin tener que hacer el menor esfuerzo de reflexión ni de revisión de planteamientos. Son útiles. Son el camino fácil.
Pero, por una vez, demos un paseo por el otro camino, el de pensar. Cuando decimos que los niños necesitan límites, ¿sabemos qué queremos decir con eso? ¿Sabemos de qué hablamos cuando hablamos de límites?

El Diccionario de la Lengua Española de la R.A.E. define límite como, entre otras cosas, extremo que pueden alcanzar lo físico y lo anímico. Los límites son lo que en modo alguno se puede sobrepasar, el punto en el que resulta imposible ir más allá. Parece, pues, que al decir que los niños necesitan límites estuviéramos olvidando que todos tenemos límites y que eso no depende de que nadie nos los ponga. Simplemente los tenemos, lo queramos o no. El ser humano nace con los límites inherentes a su propia especie: necesita contacto, aire y alimento, y realizar determinadas funciones corporales para sobrevivir. Otros límites proceden de su entorno físico: está sometido a la ley de la gravedad, por ejemplo.
A lo largo de su vida va acumulando límites como consecuencia de sus propias experiencias y traumas (miedos, fobias…), o de posibles enfermedades o malformaciones o accidentes, de las barreras arquitectónicas, etc. Todos, niños y adultos, tenemos además límites personales: el límite de nuestra paciencia, de nuestra resistencia física, de nuestra ética, de nuestro pudor… Todo ser humano, todo ser vivo en realidad, tiene límites que forman parte de su ser y los necesita para relacionarse con el mundo, para dar forma concreta a su existencia y dotarla de una realidad tangible, para recibir la influencia de su entorno y viceversa. Un ser humano sin límites físicos no existiría, un ser humano sin límites morales enloquecería. Los límites son parte de nosotros.

Pero no es eso lo que queremos decir con que los niños necesitan límites. Más bien hablamos de limitaciones. Nos dice el diccionario que limitar es fijar la extensión que pueden tener la autoridad o los derechos y facultades de alguien. Pues si los niños necesitan limitaciones ya las tienen, y de sobra. Los niños actualmente, en nuestra sociedad occidental, son las personas más limitadas del mundo. Dudo mucho que haya nadie que cargue con más limitaciones que ellos, tal vez sólo las mujeres en algunas culturas.

Es cierto que los niños lo tienen todo ahora, todas las comodidades, todas sus necesidades materiales y de ocio cubiertas, todos sus derechos protegidos, pero no tienen la menor libertad. Los niños no pueden decidir: no deciden dónde quieren vivir, ni cómo, ni qué tipo de educación recibir, ni a qué colegio acudir, en la mayoría de los casos no deciden qué ropa ponerse ni qué comer, no deciden sus horarios, no pueden ir a ninguna parte sin ser acompañados y vigilados. Es necesario por su seguridad, tal vez, dejaremos ese debate al margen de momento. Pero aun en ése caso, ello no quita que reconozcamos su situación de extraordinaria limitación.

¿Qué nos hace entonces repetir una y otra vez que los niños necesitan límites?

Me inclino a pensar que lo que queremos decir es sencillamente que los niños han de aprender a ser respetuosos con los demás y a cumplir las normas de convivencia, y que han de conocer, comprender y aceptar las consecuencias de sus actos.

Y en eso estamos todos de acuerdo. Sin embargo, las familias que criamos a nuestros hijos con apego encontramos muchas veces miradas de reprobación, cuando no críticas directas, por no “ponerles límites”. Nos quieren decir con esto: por dejarlos decidir. Por darles libertad, o mejor dicho, por no quitarles la libertad de seguir sus deseos.

El debate es de orden moral, o filosófico: ¿qué es para mí el ser humano? Es un antiguo dilema: ¿Hobbes o Rousseau? ¿Es el hombre un lobo para el hombre, o es bueno por naturaleza pero la sociedad y la educación lo pervierten? Si creemos, si insistimos tanto en que el niño necesita límites ha de ser porque pensamos que el ser humano tiende de forma natural a la maldad, y que no se puede ser bueno ni tener un comportamiento adecuado si no es a base de restricción, represión, negación. Hacer lo que uno quiera está mal porque sí y por principio. No se puede dejar al niño hacer lo que quiera porque lo que quiera será necesariamente malo. En esto se basa el sistema patriarcal adictivo, que castiga el deseo y premia la obediencia, en la amargura inconsciente de nuestra propia auto-represión que nos hace intolerable ver como otro sigue su deseo sin límites, precisamente, como otro tiene lo que hemos perdido nosotros.

Y esto es, precisamente, lo que la crianza con apego contradice y desafía. Porque al criar de esta forma a nuestros hijos estamos creyendo en su bondad innata y natural, de forma que tal vez ellos acaben confiando en ella también, en la suya propia y en la de los demás.

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Beckyblue - Yo he aprendido (y estoy en ello) que no es cuestión de poner limites a los demás sino ponérnoslos a nosotros mismos, porque evidentemente es la necesidad que conocemos, la del otro muchas veces solo nos la imaginamos y por lo tanto, poner limite al otro no tiene porqué funcionar. Y eso significa mucho más esfuerzo. Un ejemplo que se me ocurre respecto a los niños: Poner un limite al niño sería: “Vas a merendar solo si recoges las pinturas”, ponernos un límite a nosotros: “Te voy a preparar la merienda cuando las pinturas estén recogidas”. Es una manera de limitar nuestros actos, no los de los demás.
Un besin

pilar - En este tema como en muchos otros crecimos con un modo concreto de entender los límites propios y los de otros, según nuestra experiencia familiar. Y deshacer lo aprendido y afinar tanto como dices en tu comentario es complicado, sin duda, aunque se puede, de eso tampoco tengo duda.

Beckyblue - Mi vivencia fue que si mis padres decían A pues era A, sin más; en cuanto a las normas o tareas de casa; no así con el ocio ya que si recuerdo poder decir qué quería hacer o donde quería ir ( lo de elegir no ir…tardó un poco más). Lo de ponerse limites a uno mismo, interpreto que decir que es complicado puede usarse como excusa por algunas personas; evidentemente como dices, se puede; otra cosa es que genere mucho más trabajo que usar la manipulación para que el niño haga lo que yo quiero; en vez de hacer lo que yo necesito. Hablando con Fran, me decía que bajo su punto de vista, incluso el ejemplo que yo ponía le parecía chantaje. Decía que era más “limpio” dar la indicación “recoje los juguetes” y si eso no se realiza ponernos el límite a la hora de no acceder a alguna petición del niño (salir a la calle, poner una pelicula…) Supongo que esa afinación no surge de la noche a la mañana y es necesaria mucha práctica y constancia. Bueno, no lo se a ciencia cierta aún con los hijos; pero si en mi relación con los demás!
Lo mismo pasa entre adultos, pero incluso con esto podemos resultar más “asquerosos” con quien no entiende esto de poner limites…

Alexi - Pero los niños necesitan límites para saber hasta dónde pueden llegar y qué esperamos de ellos ¿no? Si no mi hijo siempre haría lo que le da gana…

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