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Y DURAN, Y DURAN, Y DURAN…?

Cada junio muchas familias con niños escolarizados se hacen la misima pregunta: “¿qué hago con los niños durante casi tres meses en casa?”. En tiempos de prisas y ocupaciones las vacaciones escolares, las –para muchos padres- demasiado largas vacaciones escolares, constituyen frecuentemente un problema familiar. Aunque se podría debatir la distribución de estos dos meses y medio no podemos pretender que nuestros hijos pasen once meses en la escuela porque niños, adolescentes o jóvenes necesitan algo más que la formación y la información escolar para desarrollar su infancia, su adolescencia, su juventud y, al fin y al cabo, su personalidad de adultos: el juego y las relaciones sociales son un factor de unidad afectiva, de socialización y de educación. Y en muchos casos las vacaciones son casi el único tiempo para su desarrollo.

Puede que carezcamos de todo el tiempo que quisiéramos para estar con ellos y entonces tengamos que recurrir a actividades organizadas por escuelas, ayuntamientos, etc. Aunque también es probable que nos encontremos con el dilema de tener una relación diferente con nuestros hijos durante el tiempo que permanecen con nosotros, porque nos hemos acostumbrado a los horarios fijos, a los madrugones, a las idas y venidas constantes para llegar a las actividades extraescolares. Puede que aparezcan conflictos que estaban escondidos o que atribuíamos al cansancio de todos por el ritmo del curso escolar.

Existe la tentación de disfrazar de necesidad pedagógica nuestra incapacidad para estar con los niños. Resulta paradójico que aboguemos por la jornada laboral de 35 horas semanales y por otro lado haya niños y adolescentes con más horas de estudio durante la semana. Niños y adolescentes que acuden cada vez con más frecuencia a las consultas psicológicas por hiperactividad o sobreestimulación debido a agendas apretadas.

Una de las razones que oigo a mi alrededor para acortar las vacaciones es que los niños olvidan muchas de las cosas aprendidas durante el curso. Bien. En primer lugar habrá que preguntarse cómo es nuestra escuela, puesto que los aprendizajes que tienen sentido para los niños no se olvidan nunca. Por otro lado hay muchos modos de aprender e investigar y mantener los aprendizajes hechos: las visitas a la biblioteca y cuentacuentos, juegos mentales y de mesa,y realizar conjuntamente actividades habituales que requieren poner en juego todos esos aprendizajes básicos (listas de la compra, cálculo de distancias para poner una estantería, manualidades caseras, excursiones a lugares culturales y la naturaleza)… la lista es enorme.

Así que este tiempo es un privilegio que tenemos para compartir nuestro tiempo y persona y profundizar en la relación padre-hijo, para conocernos mutuamente  y mejor. Y para los niños es momento de aburrirse e idear nuevos juegos, de ser ellos mismos, de disfrutar de un tiempo en el que no tienen las obligaciones que les imponemos los adultos el resto del año, de descubrir nuevas aficiones e intereses y darles rienda suelta.

Disfrutemos de las semanas que nos quedan de tiempo libre junto a ellos, miremos a nuestros niños sin prisa, disfrutemos de la mutua compañía y ¡felices vacaciones!

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