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BUSCANDO EL EQUILIBRIO

Las madres y padres que trabajamos en casa ocupándonos de su buen funcionamiento y de la crianza de los niños hemos hecho una opción -en muchos casos consciente y reflexionada- por dedicar gran parte de nuestra energía y preocupaciones a acompañar a los niños desde su nacimiento, con la presencia constante de un adulto que se convierte en su figura de apego principal ya que, dada la estructura social actual y el modo de vida, es casi el único modo de garantizar ésta.  Así, nuestras energías están puestas casi siempre en atender las necesidades de nuestros hijos.

Se trata de una tarea agotadora, porque requiere energía física y en especial, psíquica, para estar conectados con los menores, responderles, averiguar qué necesidades tienen cuando no saben expresarlo, mantener el buen humor… En definitiva, una serie de autoexigencias necesarias para una buena educación emocional de nuestros niños, aunque excesivamente ambiciosas desde cualquier punto de vista. Ningún adulto puede estar disponible 24 horas día tras día: para tener fuerza es necesario beber de alguna fuente que nos ayude a recuperarla, personas con las que compartir las dudas, las frustraciones, la responsabilidad.

Reconocer que los adultos tenemos necesidades y requerimos espacios propios es saludable para nosotros y para la relación que queremos tener con nuestros hijos: un modo de evitar que se instale el rencor y el mal humor en las relaciones familiares. Porque si nosotros no somos capaces de reconocer nuestras emociones y darles respuesta, ¿cómo podremos guiar a nuestros hijos para que aprendan a gestionar sus propias emociones? Puede que nos encontremos bloqueados durante algún tiempo para percibir esto, por la costumbre de hacer lo que “debemos” en vez de lo que queremos hacer conforme a decisiones personales en vez deo convencionales. Porque llevamos años desconectados y desconocidos para nosotros mismos. Sin embargo es posible reaprender y redescubrirnos y herramientas hay muchas. Sólo hace falta tener la valentía para cambiar y salir de lo conocido, aventurarnos en un territorio emocional nuevo, y así encontrar el equilibrio que nos convierta en padres que cuando estamos con nuestros hijos estamos al 100%, en vez de entregarles limosnas de tiempo durante el día porque estamos deseando escapar un rato de la rutina diaria.

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